D’ORO ITALIAN BAR, UN RISTORANTE FRENTE A LA LEGISLATURA PORTEÑA, HIZO ALGO INUSUAL: SE CONVIRTIÓ EN IMPORTADOR DIRECTO DE VINOS, PASTA ARTESANAL Y POMODORO ITALIANO, SELECCIONADOS EN ORIGEN.

A pocos metros de Plaza de Mayo, sobre la calle Perú y detrás del histórico edificio de la Legislatura porteña, D’Oro Italian Bar lleva 27 años de actividad. Fundado en 1999 por una familia de raíces italianas, el establecimiento inició recientemente una nueva etapa al comenzar a importar directamente desde Italia vinos, pasta seca, pomodoro y, próximamente, aceite de oliva.


La historia familiar ayuda a entender el origen de esa decisión. Los fundadores son hijos de italianos, realizaron su formación en Roma entre 1989 y 1996 y luego trasladaron esos conocimientos a Buenos Aires. En 2012 la marca abrió una sucursal en Miami, que continúa operando, y hoy son dos generaciones las que participan en la conducción de la empresa.

Una figura clave en esta transformación es el fundador de D’Oro, radicado en la Toscana. Tras vivir una década en Italia y desarrollar proyectos gastronómicos en Buenos Aires, y Miami, también residiendo un tiempo en Brasil, va buscando bodegas, productores y nuevos acuerdos de importación. Mientras tanto, Leandro Doro conduce la operación diaria del restaurante porteño.

“Somos un restaurante italiano que nace en 1999. Ya hace dos años que empezamos a trabajar la importación de productos italianos por cuenta nuestra“, explica. “Mi viejo está viviendo en Italia. Lo que hizo fue recorrer región por región, probar decenas de bodegas y seleccionar personalmente los productores con los que queríamos trabajar“.

LOS VINOS ITALIANOS COMO EJE
Si existe un rasgo que distingue hoy a D’Oro dentro de la escena gastronómica porteña, es su apuesta por los vinos italianos. La iniciativa surgió a partir de una observación simple: pese a la fuerte herencia italiana de la Argentina, la presencia de vinos italianos en restaurantes especializados seguía siendo limitada.

La primera importación llegó al país en agosto de 2025. La empresa trabaja con 9 bodegas italianas y 23 etiquetas traídas directamente desde origen, cifra que crecerá a 27 referencias con la incorporación de nuevos vinos provenientes de Puglia.

La selección no se construyó alrededor de marcas determinadas sino de regiones y denominaciones. La familia recorrió Toscana, Piemonte y Veneto, buscando primero los estilos más representativos y luego las bodegas que mejor los expresaran.

“Lo que para nosotros era importante eran las regiones. Después elegimos las bodegas que mejor expresaban cada denominación“, señala Doro.
La primera operación se concentró en 3 nombres emblemáticos de la vitivinicultura italiana: Brunello di Montalcino, Barolo y Amarone della Valpolicella. “Arrancamos con lo que para nosotros era lo más importante a nivel internacional: Barolo, Brunello de Montalcino y Amarone“.

Uno de los exponentes más particulares de la selección es el Amarone della Valpolicella, elaborado mediante el método Appassimento, que pudimos probar aquí. “Las uvas se cosechan y en lugar de fermentarlas inmediatamente se dejan secar durante aproximadamente tres meses. Durante ese tiempo pierden cerca del 30% de su volumen y recién después comienza la elaboración del vino“, explica. “Tiene notas que recuerdan al chocolate, mucha intensidad, pero al mismo tiempo una enorme elegancia“.

La empresa ya comenzó además a desarrollar una unidad orientada a la distribución, con ventas hacia distintas provincias y proyectos de expansión hacia restaurantes y cadenas gastronómicas.


Otro dato relevante es que gran parte de los productores elegidos nunca habían trabajado con Argentina. “Ellos le venden a 20 o 30 países distintos, pero ninguno le estaba vendiendo a Argentina“, afirma Doro. La empresa posee exclusividad de importación para todas las etiquetas que comercializa.





LA APUESTA POR LA PASTA DE GRAGNANO
Si el vino representa la novedad más visible, la pasta es el corazón de la cocina de D’Oro. Cuando la empresa decidió importar directamente desde Italia, la búsqueda no apuntó simplemente a reemplazar proveedores. Hasta entonces ya trabajaba con pasta italiana adquirida a distribuidores locales y, según explica Leandro Doro, utilizaba algunas de las mejores alternativas disponibles en el mercado. La importación directa permitió acceder a una categoría superior.

La elección fue Gragnano, localidad de Campania reconocida mundialmente por su tradición pastaia. Allí se produce la pasta Faella, fundada en 1907, que hoy ocupa un lugar central dentro de la carta. “Cuando encaramos la pasta dijimos: vayamos a algo que no tenga nadie. Empezamos a investigar dónde se hacía la mejor pasta de Italia y todos nos llevaban a Gragnano“.

Según explica Doro, la diferencia comienza en el proceso de elaboración. Mientras una pasta industrial puede completarse en pocas horas, la pasta de Gragnano atraviesa un secado lento de aproximadamente 35 horas. A eso se suma el tradicional trafilado al bronce. “Normalmente las pastas se cortan utilizando teflón. En este caso se utiliza bronce. Eso genera una superficie rugosa y porosa que permite que la salsa se adhiera muchísimo mejor. Cuando pasás la uña sobre la superficie de la pasta sentís que raspa. Esa rugosidad es justamente lo que permite absorber mejor las salsas“.

La oferta se complementa con dos variedades de pomodoro importadas desde Sarno, en Campania. Tanto la pasta como el tomate llegan bajo acuerdos de exclusividad.








PARA DISTINTOS MOMENTOS DEL DÍA
D’Oro funciona como restaurante, cafetería, Wine Bar, After Office, espacio para eventos y market especializado. El Wine Bar reúne más de 80 referencias entre vinos nacionales e importados, incluyendo las 23 etiquetas italianas incorporadas en esta nueva etapa.

La propuesta busca acompañar distintos momentos de consumo a lo largo del día. Por la tarde, el espacio se transforma en un After Office donde conviven vinos por copa, coctelería, cervezas, tapas y opciones informales. El local dispone de estacionamiento sin cargo en Hipólito Yrigoyen 739. La marca mantiene además la sucursal de Miami inaugurada en 2012.

La ambientación combina elementos clásicos italianos con una estética contemporánea. La barra ocupa un lugar central, las referencias visuales a marcas como Campari y Aperol refuerzan el perfil italiano del lugar, y una planta alta balconea sobre el salón principal. El conjunto genera una atmósfera cuidada y coherente con el concepto general del restaurante.

LA CARTA Y LO QUE PROBAMOS
La carta se organiza en secciones claramente diferenciadas. Comienza con 11 opciones de antipasti, continúa con 5 ensaladas y desarrolla el núcleo de la oferta alrededor de las pastas. Allí conviven 9 preparaciones elaboradas con pasta seca importada desde Gragnano y 8 variedades de pasta fresca artesanal.





La oferta se completa con risottos elaborados con arroz Carnaroli italiano, carnes, pescados, guarniciones y postres clásicos de la cocina italiana. El hilo conductor es el uso de materias primas traídas directamente desde Italia.

La experiencia comenzó con un APEROL SPRITZ, elaborado según la receta clásica italiana a base de Aperol, prosecco y soda.

A continuación llegó la BURRATA ($arg.32.900), servida con reducción de aceto balsámico y tomates secos.


La degustación continuó con una selección de vinos italianos servidos por copa, incluyendo etiquetas provenientes de Toscana, Piemonte y Veneto. Entre ellas destacaron especialmente los Nebbiolo y los Amarone della Valpolicella.

Las botellas también pueden adquirirse para llevar, con descuentos que durante la visita rondaban entre el 20% y el 30%, según la modalidad de pago.

Entre los platos principales sobresalió claramente el RAVIOLÓN SICILIANO ALLA BOSCAIOLA ($36.600). Relleno de ricota cremosa, nuez, mozzarella y jamón cocido natural, acompañado por pomodoro italiano, hongos, morrones asados, parmigiano, aceitunas negras y aceite de trufa, fue el plato más logrado de la degustación.

También se probó el LOMO ALLA GRIGLIA ($39.900), acompañado por salsa de hongos y aceite de trufa. Como guarnición llegaron los PAPINES CON HONGOS Y ACEITE DE TRUFA.

El cierre estuvo a cargo del TIRAMISÚ ($16.700), elaborado con queso mascarpone, café y cacao.

La degustación permitida fue limitada frente a una carta extensa, aunque alcanzó para identificar el eje central de la cocina de D’Oro: la combinación entre pasta premium de Gragnano, pomodoro italiano y una selección de vinos importados directamente desde origen, únicos en el mercado. Un plus más que considerable versus otros “ristorantes” de la ciudad.

